“¿Creen que me voy de viaje? No. Voy de la casa de mi madre a la de mi padre.” Lo que muchos hijos de padres separados están empezando a decir en voz alta.
- Alicia Medina

- hace 6 días
- 3 min de lectura
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Juntos trabajaremos para encontrar una solución satisfactoria, escuchando a todas las partes y especialmente las necesidades reales de los hijos.
Hace unos días vi un vídeo de una chica adolescente, de unos 14 años, caminando por la calle arrastrando una maleta.
Sonreía con ironía mientras decía:
“¿Creen que me voy de viaje? Pues no. Voy desde la casa de mi madre a la casa de mi padre, que vive cinco calles más arriba.”
Y después añadía algo todavía más importante:
“Estoy harta de tener que cambiar de casa cada semana.”
Finalmente hacía un llamamiento a jueces y padres:
que dejaran de imponer este modelo automáticamente sin pensar en cómo lo viven realmente muchos hijos.
Y sinceramente, creo que esta reflexión merece una pausa.
La primera generación que está hablando
Estamos empezando a escuchar algo muy importante:
los hijos de las primeras generaciones que crecieron con custodias compartidas generalizadas están llegando a la adolescencia y empezando a expresar cómo lo han vivido.
Durante años, muchos procedimientos familiares comenzaron a inclinarse hacia una idea aparentemente lógica:
“todo al 50%”. Tiempo al 50%. Casas al 50%. Vacaciones al 50%.
Y aunque en muchos casos puede funcionar muy bien, en otros quizá no se valoró suficientemente algo esencial:
Los niños no son porcentajes.
La vida emocional de un niño no siempre funciona por mitades
Hay menores que se adaptan perfectamente a un sistema de semanas alternas.
Pero otros viven:
sensación constante de desarraigo,
falta de estabilidad,
dificultad para sentir un espacio propio,
agotamiento emocional,
o necesidad de “estar cambiando continuamente”.
Y esto puede hacerse especialmente visible en la adolescencia, una etapa donde la necesidad de pertenencia, intimidad y estabilidad emocional aumenta enormemente.
No todos los niños viven igual las mismas decisiones.
Y quizá ahí está una de las reflexiones más importantes.
El problema no es la custodia compartida. El problema es aplicarla automáticamente.
La custodia compartida no es mala.
En muchos casos es maravillosa.
El problema aparece cuando cualquier modelo familiar se convierte en una fórmula rígida que se aplica sin escuchar realmente a quienes más lo viven: los hijos.
Porque lo que funciona para una familia puede ser profundamente inadecuado para otra.
La mediación familiar no trabaja con fórmulas automáticas
Y aquí la mediación aporta algo muy distinto.
La mediación no busca repartir vidas “a partes iguales”.
Busca comprender:
cómo es cada familia,
cómo vive el menor la situación,
qué necesidades emocionales existen,
qué dinámicas funcionan,
y qué soluciones pueden ser realmente sostenibles y sanas.
La mediación escucha.
Y escucha también a los hijos.
Porque hoy sabemos algo fundamental:
los menores no deben ser utilizados para decidir… pero sí deben ser escuchados.
Escuchar a un adolescente no significa darle todo el poder
Esto es importante aclararlo.
Escuchar no significa:
dejar que el menor “mande”,
ponerle a elegir,
ni cargarlo con responsabilidades adultas.
Significa entender:
cómo se siente,
qué necesita,
qué le está afectando,
y cómo está viviendo realmente el modelo familiar.
Y muchas veces, cuando se escucha de verdad, aparecen matices que cambian completamente la mirada de los adultos.
Quizá algunos hijos solo quieren sentir que tienen un hogar
Muchos adolescentes explican algo parecido:
“siento que siempre estoy yéndome.”
Y quizá detrás de esa frase no hay rechazo hacia ninguno de sus padres.
Quizá solo hay cansancio emocional.
Porque a veces los adultos pensamos en igualdad…y los hijos piensan en estabilidad.
La mediación permite construir soluciones más humanas
La gran diferencia es esta:
Mientras un procedimiento judicial muchas veces necesita decidir entre modelos,
la mediación puede construir soluciones flexibles, personalizadas y adaptadas a la realidad concreta de cada familia.
Porque no todas las familias necesitan exactamente lo mismo.
Y no todos los niños viven igual una separación.
Conclusión: quizá ha llegado el momento de escuchar más a quienes crecieron dentro de estos modelos
Los adultos llevamos años debatiendo sobre custodias, tiempos y derechos parentales.
Pero ahora empieza algo nuevo:
los hijos están empezando a contar cómo lo vivieron ellos.
Y quizá esa voz merece ser escuchada con mucha atención.
Porque cuando hablamos de familia, no se trata solo de repartir tiempos.
Se trata de construir vidas emocionalmente sostenibles para quienes todavía están creciendo.

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